sábado, 20 de noviembre de 2010

Ni eliminando los colores


Los recuerdos pueden llegar a desbancar las vivencias. Las estancias efímeras y puntuales en otro país siempre suenan a paréntesis, a domingo sin despertador, a mes de agosto perezoso y de aparcamiento fácil en la ciudad que se derrite. Recorrer calles y paisajes no habituales es como ahuyentar fantasmas (y ácaros) con un movimiento seco y contundente de la sábana, para dejarla caer como una caricia ordenada. Especular con los colores que uno ha visto lleva a querer sacar una goma de borrar (sí, Milan con sabor a nata, que uno se las comía años ha) para reconvertir el paisaje en blanco y negro, para quedarse con los detalles, con los contrastes, con las sombras, con los recovecos de la luz y con la intensidad de la vida sin distracciones visuales. Da igual que sea ante un castillo escocés, un café romano, un barrio rosado indio o la selva guineana. Que sí, que da igual, que uno se aleja del cuadro, mira como un director de cine que encuadra realidades falsas y se pone la coraza de la distancia. Pero es imposible. Ni eliminando los colores consigo quitarme Guinea de la cabeza. Maldito arco iris.



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