viernes, 16 de julio de 2010

El fútbol en Guinea (2ª parte): bajo la lluvia

No importa el clima. Al contrario, en un entorno sin estaciones y dominado por el calor, la aparición de la lluvia (por más tormentosa que sea) siempre es bienvenida en Guinea a la hora de improvisar un partido de fútbol. Nacerán duelos espectaculares, teñidos de barro y mejorados por la velocidad que tomará el balón (hasta el más deshinchado del mundo tomará direcciones que ni el Jabulani ese de Sudáfrica), con chicos y chicas que tendrán a esa lluvia como fiel testigo de partidos de fútbol con pretensiones casi de waterpolo. Ya dijimos que el fútbol es el deporte rey en Guinea Ecuatorial. De hecho, casi el único, ya que prácticamente no se ve ni una cancha de baloncesto (y no digamos ya de tenis), pero sí esas fantásticas porterías armadas con cañas y esculpidas a machete. El riego del cielo no es un impedimento para jugar a fútbol. Es un aliciente, un elemento más contra el que (o con el que) jugar, la posibilidad de hacer resbalar el balón con un toque suave o de que se apalanque de forma caprichosa en el primer charco donde se sienta a gusto. Esos partidos resultan como más épicos, más sufridos y más divertidos. Ser niño equivale a chapotear a la más mínima. Pero serlo en Guinea equivale a olfatear casi la inminencia de la lluvia; allí no hay unas primeras gotas que adviertan de nada, allí la descarga es instantánea, dibujándose una cortina gris que convierte un partido de fútbol en el juego más divertido del mundo. Será por eso que en un partido de la Nzalang Nacional no habrá (de momento, que están en ello) demasiada técnica, pero sí fuerza, anticipación y capacidad de dejarse la piel. También será por eso (viendo a tantas chicas lanzarse bajo la cortina de agua tras un balón) que la Nzalang femenina ya ha cosechado sus primeros triunfos continentales, aunque eso lo veremos en una tercera entrega.

sábado, 10 de julio de 2010

El fútbol en Guinea (1ª parte)




2008. Primer viaje a Guinea Ecuatorial: en el aeropuerto de Madrid, los pocos guineanos que esperan con nosotros el vuelo a Malabo saludan efusivamente a un compatriota que no puede dejar de regalar sonrisas y unos tímidos agradecimientos. Es Benjamín Zarandona, futbolista que llegó a tener cierta popularidad vistiendo la camiseta del Betis. Pero sólo eso, cierta popularidad. El fútbol es el deporte más popular en Guinea y, tal como descubro en ese momento, Benjamín es todo un ídolo y el líder de la Nzalang (el Rayo en lengua fang), la selección ecuatoguineana. En las carreteras y hasta pistas forestales del país, hay varias formas de detectar que uno se acerca a un poblado. Una, puede ser la presencia de mujeres cargando las pesadas cestas (los nkueiñ) en la cabeza. Otra, algunas cabras saltarinas y asustadizas que, como mucho, se alejan unos centenares de metros de las zonas habitadas. Un tercer elemento pueden ser algunas tumbas rudimentarias, cementerios vestidos (los más afortunados) con algunas baldosas o con palmas que forman una cruz. Pero otro puede ser lo que podríamos llamar como un más que modesto campo de fútbol. Lo de campo, literal, con un rectángulo (eso sí, de hierba, hierba, aunque plagado de agujeros y montículos de arena capaces de desviar cualquier osado balón) marcado por un par de porterías. Las medidas no suelen ser, precisamente, reglamentarias, pero son fruto de un esfuerzo importante, ya que comporta adentrarse en la selva machete en mano, cortar unas cuantas cañas de longitud considerable y montar lo más parecido a un marco digno del mejor estadio del mundo.
Pocos guineanos practican deporte. De hecho, no deja de ser un concepto aún muy occidental, aunque la herencia española y el contacto con el resto del mundo han convertido al fútbol en deporte nacional. Muchos guineanos siguen con fervor la Liga española (con división de opiniones, tal como debe ser, entre Barça y Madrid), aunque sus ídolos siguen siendo aquellos jugadores africanos (el panafricanismo en el fútbol es una evidencia palpable) que han cruzado las fronteras del continente para triunfar en Europa. Así, los nombres del marfileño Didier Drogba o del camerunés Samuel Eto’o lucen con orgullo en las camisetas de muchos jóvenes aunque, a bastante distancia, el de Benjamín puede presumir de ser un espejo para muchos chavales que, descalzos y con balones a menudo pinchados o fabricados con trapos, disputan partidos con el mismo fervor, las mismas celebraciones, la misma pasión y las mismas esperanzas en ser futbolistas de mayores que los de cualquier plaza o patio de Barcelona, Santander o Almería.

En futuras entradas hablaré del futbol bajo la lluvia y en la escuela; de la Nzalang nacional, y hasta de la próxima Copa Africana de Naciones del 2012, que se celebrará entre Gabón y Guinea Ecuatorial.







lunes, 7 de junio de 2010

Manos desenredando letras

Hay árboles que esconden sonidos, frutos que se convierten en desayunos improvisados, hileras de uniformes blancos y azules que salpican la carretera que cruza la zona de Misong-Minvi, el barrio donde se encuentra la escuela Talita Cum. Hay rancheras que se llenan hasta los topes como si se trataran de autocares escolares. Hay miradas plagadas de legañas y sueño cercenado. Hay agujas de unos relojes casi inexistentes que señalan las ocho de la mañana, cuando el sol siempre luce así como con chulería, todo el año, sin cambios que hacen más para el hemisferio norte. La escuela, de cuerpos medio adormilados, necesita despertar. La escuela recibe seca o llena de barro, pero recibe. Y los alumnos se alinean, forman unas filas con tanto orden como risas tontas, con tanta precisión en los mayores como anarquía en los pequeños. Himno cantado, ejercicios para desperezar y revisión de uniformes o de quien ha traído o no leña o escobillas (material básico en la escuela para limpiar y cocinar). Las manos se levantan, como desenredando letras atrapadas en el aire, como deshilachando vocales y consonantes que deberán ordenarse en pizarras, libros y cuadernos. La escuela parece inventar cada día su propio idioma. Bienvenidos a clase, sí, eso que me suena tan rutinario y que, para otros, es casi un lujo.

martes, 1 de junio de 2010

Egunon Guinea




Que sí, que entre Bilbao y Guinea Ecuatorial hay unos cuantos miles de quilómetros. Pero eso, a una chica como Myriam (bueno, es de Basauri, que no del mismo, mismo Bilbao) como que no le importa. Con un corazón que no cabe en todo este blog, hace un par de años viajó a Guinea (dentro del llamado programa Love Guinea) para colaborar durante el mes de agosto en la escuela Talita Cum (creo que si alguien ha visitado anteriormente el blog, sabrá de qué hablo: Evinayong, interior de la zona continental). Y quedó tan encantada que repitió el verano pasado. Myriam tiene claro que “todo empezó en el corazón de Dios, con un sueño que me regaló”, el de poder viajar al pequeñito país africano. Primero, para dedicarse a pintar y reformar la escuela (algo de falta le hacía a la pobre) y, al año siguiente, para colaborar con la ONG cristiana +Que Salud, formada por profesionales del sector sanitario. En esta ocasión, el proyecto se desarrolló durante diez días en Bolondo (también en zona continental), en un centro hospitalario. Allí, “pudimos atender a gente que por falta de medios o imposibilidad de desplazamiento, no podían ir al hospital”. ¿Cuál fue el trabajo básico? Aprovechando al máximo cada recurso, se pudo operar hernias y lipomas y llevar a cabo curas varias, así como intervenciones odontológicas, ginecológicas y de medicina tropical. Acción médica, sí, pero también “escuchando sus problemas y preocupaciones, conociendo sus realidades”. Pero que nadie piense que una vasca como Myriam se cansa así como así, oigan: esos mismos días se aprovecharon para visitar familias y para desarrollar un programa de payasos para los más peques. El resto del mes, una parte ya más pequeñita del equipo (Myriam, que es enfermera, Débora, también enfermera, y Marta, pastora protestante) se desplazaron al interior, a Ngong y a Evianyong. En Ngong, “me reencontré con Eurampia, responsable de la Iglesia Bautista junto con su marido e hijos. Ella es Agente de Salud y es responsable también del puesto de Salud”. Cuando hablamos de puesto de salud, hagámonos a la idea de que se trata de un modesto espacio con apenas algunos medicamentos básicos y una báscula para bebés, aunque lo más importante es la posibilidad de informar, de asesorar y hasta de animar a los casos más graves a que se desplacen hasta Bata. Allí, no es que las condiciones sean las idóneas, pero hay más opciones de ser atendidos. Otra parte del trabajo de los agentes de salud es informar sobre aspectos básicos de higiene, el primer paso para evitar enfermedades. En Evinayong (que Myriam describe como “un pequeño paraíso en el corazón de África”) trabajaron con los profesores de Talita Cum, dando un pequeño curso de salud pública y de primeros auxilios.
En definitiva, teniendo claro que hace falta involucrar a las propias comunidades en las acciones de promoción, especialmente acciones preventivas. Y teniendo muy claro que nuestra premisa, como occidentales, del funcionamiento de un poblado no necesariamente coincidirá. Líderes locales, como Eurampia, son los que deben ejercer, los que deben finalmente actuar como promotores de una intervención comunitaria. Y todo con el objetivo, en el caso de los agentes de salud, de ser conscientes de algunas acciones y hábitos que facilitan la existencia de algunas enfermedades. Cambios, pues, lentos y nunca, nunca, nunca impuestos, y sí fruto de un proceso de toma de decisiones trabajado con las personas implicadas. Y ahí, pues estaba Myriam. Que volverá, seguro, que aunque en su Basauri lo de la lluvia también sea habitual, como que la guineana se vive de forma diferente, con tantos niños saliendo a por ella en lugar de esconderse.