jueves, 13 de septiembre de 2012
Esperanza y Alia
La contrastada y mezclada Malabo obliga a pensar en la lejana Evinayong (que si hay que ir que hasta el continente, que después unas horas de camino hacia el interior, y todo eso) como en otra Guinea dentro de Guinea. ¿Cuál es la real? Tampoco sé que importancia tiene eso, pero cada ciudad, cada poblado, cada rinconcito donde uno ha depositado parte de su tiempo y hasta de su mirada, adopta rostros distintos, nombres que espera ya nunca más borrar de su mente. Esperanza y Alia son dos de esos nombres y rostros. La primera, esboza una sonrisa de vez en cuando. La segunda, deja de hacerlo de vez en cuando. Esperanza carga a sus hijos Lydia y Wilsi con pericia de prestidigitadora. Y a Alia le interesa hablar de literatura, con curiosa curiosidad, si es que esa redundancia absurda se permite. Esperanza suele mirar hacia la nada, aunque no se da cuenta. Alia suele bajar la mirada. Y así...
lunes, 10 de septiembre de 2012
Calles dentro de calles
Quizá parezca que no se ponen de acuerdo. Cuando Javier Simpampa abre los ojos, Elías Ebulabaté los cierra. Que sí, que no deja de ser ese fragmento efímero de vida cuando el párpado decide que hay que bajar, imperceptible. Javier y Elías conocen las calles de Malabo. O mejor dicho, conocen las calles dentro de las calles de Malabo. Conocen los mares de barro y los mares de tierra, afluentes de las vías principales, de eso que llaman la ciudad contrastada. Y las recorren, las corren, las pisan, las repisan. De igual manera, conocen cada vida de todos los jóvenes de la iglesia bautista de Malabo. Las suyas propias, puro testimonio. Sus ojos, acostumbrados a adentrarse en calles dentro de calles, a afluentes poco iluminados, pero que una vez se sabe el camino tampoco hace falta. Semu, Ela Nguema, Campo Yaoundé o Los Ángeles. El nombre del barrio, como que poco importa. En cada uno de ellos las conversaciones se van entrelazando como los mismos cables de luz que amenazan con mantenerse; en todos se respira el ambiente de mercado, de mamás vendiendo pasta de cacahuete o fruta, de alitas de pollo asándose tan tranquilas en una pequeña parrilla, y también en todos la vida parece detenerse para adaptar la vista a la luz de una lámpara de bosque. Quizá es por eso que uno cierra los ojos cuando el otro los abre. No sé.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Cuentan que hay un volcán
Cuentan que ahí hay un volcán que, de vez en cuando, se asoma. El Basilé. Cuentan que, una vez, los más ancianos del lugar decían que se lo habían llevado. Cuentan que, en realidad, no existe. Cuentan que esa bufanda de nubes eternas, tejida de forma clandestina, no es más que un dibujo en el cielo, una fábula, una pincelada imaginada. Cuentan que se vio a alguien armando el volcán con sus propias manos, llevando tablas, chapas, nipas y hasta algunos clavos. Y pintura, claro. Cuentan que, desde entonces, nadie ha subido, nadie ha asomado la cabeza a su cráter, nadie ha jugado a crear eco con su voz. Cuentan que el volcán, que vacila con cada tormenta que atrae, se dedica a vigilar a los habitantes de Malabo y hasta de media isla de Bioko, de su tierra roja y negra. Vigila en silencio, en penumbra, entre la niebla, bajo ese manto plomizo y gris cobalto que se fusiona con el horizonte del mar. Cuentan que algunos barcos cargueros sólo están allí para señalar la frontera. Y cuentan que con su hermana gemela, el volcán Victoria en Camerún, pasó algo parecido. Pero esa ya es otra historia.
martes, 4 de septiembre de 2012
Margarita: ser sal y ser luz...
Margarita está. Siempre está. Aunque parece que no. Aunque su mirada, tímida y con un deje de aparente tristeza, indique que se encuentra en otro lugar. Pero está. Aunque hablando con ella uno tenga la impresión que su mente navega por tierras lejanas, escondidas. Pero está. Margarita es maestra de primer curso en la escuela Talita Cum de Evinayong. Y es una gran maestra. Creativa, activa, didáctica y paciente. Su curso es, sin duda, el más difícil, el de la transición del pre-escolar a la primaria, de la zona de comodidad de ser un niño pequeño a tener que aprender a leer y escribir. Y Margarita no se conforma con esa lectura que consiste en descifrar esos códigos que llamamos letras. Ella pelea para que sus alumnos lean, disfruten leyendo, entiendan lo que leen. La pequeña biblioteca de la escuela la conoce palmo a palmo, y no es extraño encontrarla sentada en el suelo y con una pila de libros a su lado, donde encontrar historias, fichas, cuentos. Recursos, al fin y al cabo. Recursos que en la iglesia también le sirven para ser sal, para ser luz, para ser un testimonio constante con su vida.
Hay quien echa en falta a la gente más abierta y que todo lo llena con su presencia. Está bien. Yo suelo echar en falta a la más discreta, a la que parece que no pero resulta que sí, a la que desafía supuestos códigos basados en apariencias que, a menudo, se diluyen en la niebla. En Malabo (llevo ya semana y media en la escuela El Buen Pastor) el ritmo es otro, en una ciudad de ritmo africano (en todos los sentidos) y mezcla de bubis, fang, kombes, criollos y con el pidgin (esa mezcolanza de inglés con español y lenguas locales) como lengua tan común como el castellano. Ese ritmo que todo lo engulle dificulta parar a pensar en aquellos a los que uno echa en falta. Hablar un rato por teléfono con Lydia y Nil es un lujo que algo lo calma. Pero ver la escuela y la iglesia de Malabo es pensar rápidamente en Margarita y en cómo ella organizaría esa clase de primero, cómo iría conociendo niño por niño, cómo seguiría siendo el mejor testimonio del mundo.
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